Recordando a Dante en las Pequeñas Antillas [1]
Se despertó bruscamente. Por el ojo de buey del camarote entraba una luz enfermiza que se disolvía en la filigrana de latón del espejo. Había soñado con su casa madrileña de los años infantiles, con el olor a calefacción incipiente y con el frío de aquel ático desde donde se divisaban las cumbres nevadas del Guadarrama. El barco parecía haber aminorado la marcha, pues no se sentían con la misma intensidad los espasmos de la sala de máquinas. Debían estar llegando a alguna isla de las Antillas. Un leve mareo de resaca le enturbiaba los ojos y le hacía perder definitivamente las coordenadas del tiempo y del espacio. Esa mañana salía a cubierta, después de tantos días de reclusión.
Se incorporó y buscó casi a tientas la fotografía. Ella aparecía semiescondida entre la hierba alta, con una rebeca de colores vivos, rojos y azules, sonriendo. Recordó el verso tantas veces evocado y repetido: «Yo la quise, y a veces ella también me quiso» y ese verso era en su alma como el pequeño reguero de óxido que dejan los viejos grifos en los viejos lavabos. Seguía existiendo, aquí, en medio del océano, a pesar de que ella ya no pensara en él. Cuando se le representó la cara de aquel individuo sintió un dolor agudo intercostal. Su mano derecha dejó caer desfallecidamente la fotografía sobre la manta del catre. Encendió un cigarrillo. Había vuelto a fumar desde la separación, desde que ella se marchó con aquel hombre de sonrisa infatigable.
Hacía tiempo que había planeado esa travesía a bordo de un carguero. Nada parecido al paraíso artificial de los cruceros para turistas. Al principio, el mar le había serenado, pero conforme pasaban los días y se abría una mayor distancia se fue apoderando de él una sensación de perro abandonado. Eran inútiles esos gestos de independencia, de dignidad de hombre solitario: ella no podía verlos y, aun en el supuesto de que pudiera verlos, sin duda le serían indiferentes. Ahora debía acostumbrarse a sentir y percibir solitariamente el azul cobalto del cielo, el trajín de los puertos, el olor a salitre, los graznidos de las gaviotas, el inquietante surco de los remolinos que deja el barco sobre la masa de agua, la inmensidad del océano que le rodeaba como un oscuro animal. Ahora la visión del mundo se originaba y moría en él. Estás listo –se dijo–, ya no hay más remedio que recordar las palabras de Francesca a Dante al contarle sus tristes amores con Paolo: «Nessum magior dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria, no hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria».
Salió al pasillo. El cocinero chino, con su cara inexpresiva y sus tres dientes metálicos le anunció en un español primario el arribo a Fort-de-France. Subió a cubierta después del desayuno y aspiró profunda e interminablemente el olor a peces putrefactos, mientras que sus ojos vencían la fotofobia. Bajo una mañana gris y desapacible, y escoltado por una bandada de sucias gaviotas, el carguero se dirigía al puerto de la Martinica. Ya entraba en la bocana, al mismo tiempo que un elegante y adornado crucero se disponía a abandonar la isla. Los dos barcos, en direcciones contrarias, se cruzaron a corta distancia. Los turistas del crucero, acodados sobre la barandilla, formaban un melancólico retablo de gabardinas blancas y pañuelos agitados. Seguían en silencio la maniobra y miraban con curiosidad a los del otro barco. Alguno se obstinaba ya en hacer fotografías.
Y ella estaba allí, con una vaga expresión ausente, sobre la cubierta del crucero, junto a aquel individuo de sonrisa sempiterna. Estaba allí, como una aparición increíble, en aquel rincón perdido del mundo. Él, entonces, gritó, la llamó por su nombre, agitó los brazos. Ella fijó en él su mirada penetrante y, tras un instante de estupor, dejó escapar una exclamación y comenzó a moverse en dirección contraria a la marcha del barco, al principio lentamente, después con más rapidez. Movía también los brazos y pronunciaba palabras incomprensibles, quizá su nombre, el de él. Las dos naves se saludaban con sus sirenas y se separaban en direcciones opuestas. La nube de gaviotas se deshizo como espantada por la explosión de un cartucho. Y entonces, cada uno comenzó a correr desenfrenadamente hacia la popa de sus respectivos barcos, gritando, llorando, gesticulando, tropezando, cayendo, volviendo a levantarse, extendiendo los brazos el uno hacia el otro, mientras que el crucero doblaba la punta de la bocana y se perdía en el océano y el barco mercante era engullido por la isla…
[1] Tercer premio del Primer Concurso de «Cuentos y narraciones cortas Nueva Alcarria». Publicado en Nueva Alcarria, 8 de febrero de 1991, pág. 17.
Se despertó bruscamente. Por el ojo de buey del camarote entraba una luz enfermiza que se disolvía en la filigrana de latón del espejo. Había soñado con su casa madrileña de los años infantiles, con el olor a calefacción incipiente y con el frío de aquel ático desde donde se divisaban las cumbres nevadas del Guadarrama. El barco parecía haber aminorado la marcha, pues no se sentían con la misma intensidad los espasmos de la sala de máquinas. Debían estar llegando a alguna isla de las Antillas. Un leve mareo de resaca le enturbiaba los ojos y le hacía perder definitivamente las coordenadas del tiempo y del espacio. Esa mañana salía a cubierta, después de tantos días de reclusión.
Se incorporó y buscó casi a tientas la fotografía. Ella aparecía semiescondida entre la hierba alta, con una rebeca de colores vivos, rojos y azules, sonriendo. Recordó el verso tantas veces evocado y repetido: «Yo la quise, y a veces ella también me quiso» y ese verso era en su alma como el pequeño reguero de óxido que dejan los viejos grifos en los viejos lavabos. Seguía existiendo, aquí, en medio del océano, a pesar de que ella ya no pensara en él. Cuando se le representó la cara de aquel individuo sintió un dolor agudo intercostal. Su mano derecha dejó caer desfallecidamente la fotografía sobre la manta del catre. Encendió un cigarrillo. Había vuelto a fumar desde la separación, desde que ella se marchó con aquel hombre de sonrisa infatigable.
Hacía tiempo que había planeado esa travesía a bordo de un carguero. Nada parecido al paraíso artificial de los cruceros para turistas. Al principio, el mar le había serenado, pero conforme pasaban los días y se abría una mayor distancia se fue apoderando de él una sensación de perro abandonado. Eran inútiles esos gestos de independencia, de dignidad de hombre solitario: ella no podía verlos y, aun en el supuesto de que pudiera verlos, sin duda le serían indiferentes. Ahora debía acostumbrarse a sentir y percibir solitariamente el azul cobalto del cielo, el trajín de los puertos, el olor a salitre, los graznidos de las gaviotas, el inquietante surco de los remolinos que deja el barco sobre la masa de agua, la inmensidad del océano que le rodeaba como un oscuro animal. Ahora la visión del mundo se originaba y moría en él. Estás listo –se dijo–, ya no hay más remedio que recordar las palabras de Francesca a Dante al contarle sus tristes amores con Paolo: «Nessum magior dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria, no hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria».
Salió al pasillo. El cocinero chino, con su cara inexpresiva y sus tres dientes metálicos le anunció en un español primario el arribo a Fort-de-France. Subió a cubierta después del desayuno y aspiró profunda e interminablemente el olor a peces putrefactos, mientras que sus ojos vencían la fotofobia. Bajo una mañana gris y desapacible, y escoltado por una bandada de sucias gaviotas, el carguero se dirigía al puerto de la Martinica. Ya entraba en la bocana, al mismo tiempo que un elegante y adornado crucero se disponía a abandonar la isla. Los dos barcos, en direcciones contrarias, se cruzaron a corta distancia. Los turistas del crucero, acodados sobre la barandilla, formaban un melancólico retablo de gabardinas blancas y pañuelos agitados. Seguían en silencio la maniobra y miraban con curiosidad a los del otro barco. Alguno se obstinaba ya en hacer fotografías.
Y ella estaba allí, con una vaga expresión ausente, sobre la cubierta del crucero, junto a aquel individuo de sonrisa sempiterna. Estaba allí, como una aparición increíble, en aquel rincón perdido del mundo. Él, entonces, gritó, la llamó por su nombre, agitó los brazos. Ella fijó en él su mirada penetrante y, tras un instante de estupor, dejó escapar una exclamación y comenzó a moverse en dirección contraria a la marcha del barco, al principio lentamente, después con más rapidez. Movía también los brazos y pronunciaba palabras incomprensibles, quizá su nombre, el de él. Las dos naves se saludaban con sus sirenas y se separaban en direcciones opuestas. La nube de gaviotas se deshizo como espantada por la explosión de un cartucho. Y entonces, cada uno comenzó a correr desenfrenadamente hacia la popa de sus respectivos barcos, gritando, llorando, gesticulando, tropezando, cayendo, volviendo a levantarse, extendiendo los brazos el uno hacia el otro, mientras que el crucero doblaba la punta de la bocana y se perdía en el océano y el barco mercante era engullido por la isla…
[1] Tercer premio del Primer Concurso de «Cuentos y narraciones cortas Nueva Alcarria». Publicado en Nueva Alcarria, 8 de febrero de 1991, pág. 17.
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