LA CITA
Puedes estar preparando una cita de amor y justo ese día, cuando llega el momento anhelado, eres víctima de un catarro. Todos los detalles estaban previstos para que la velada funcionara perfectamente, para que todo fuera sublime sin interrupción. Pero ahora, qué fatalidad: ¿cómo te vas a presentar ante esa chica moqueando y con una tos perruna? Incluso te habías comprado una chaqueta nueva en las rebajas. Hasta el restaurante indio era del gusto de los dos, si es que ella no miente. Pero ahora, maldito azar, ¿cómo te vas a dirigir a ella con el rostro congestionado y una voz enronquecida? Claro que podrías cancelar la cita, pero no, ya hubo una cancelación previa, por culpa tuya, y si esta vez la llamas y le dices que tampoco puede ser, seguro que te va a borrar con típpex de su agenda telefónica. Ya la ves aplicando la rayita blanca sobre tu nombre y tu teléfono. Puedes llamarla y contarle lo que te pasa, pero ¿quién te dice que no pueda ella llegar a pensar que lo del resfriado es una estratagema tuya, y que a través del teléfono siempre es muy fácil imitar ronqueras y toses?
Así que no queda más remedio que afrontar el encuentro: plantarle cara al albur desdichado. Quedan tres horas para la cita. Toda tu cabeza es pura ebullición catarral. Jurarías que tienes fiebre, pero es mejor no caer en la tentación de echar mano del termómetro. Si usas el termómetro, seguro que la fiebre sube más de la cuenta. Te miras al espejo del baño: estás impresentable. No hay tiempo que perder. Tomas una buena cucharada de jarabe contra la tos. Mejor, media cucharada más. Con una ampolla de suero fisiológico realizas unas benéficas y saludables abluciones nasales en cuyos pormenores escatológicos es preferible no entrar. Después, haces gárgaras con agua oxigenada diluida. Se amontona el repertorio de los remedios caseros, que se suceden contra reloj. Pero no bastan, estás en situación de emergencia. Bajas a la farmacia y compras esa odiosa y traidora medicina que sirve para quitar los síntomas del resfriado y, de nuevo en casa, te metes entre pecho y espalda, con cierta repugnancia, una pastilla diluida en agua.
Ahora tratas de dormir como una media hora en el sofá, no más, no una de esas siestas de pijama y orinal, sino algo más breve, que te reconforte un poco. Te quedas amodorrado y confuso, y sueñas que un tren, tu tren, va a salir, y que es muy fácil cogerlo, pero hay como una fuerza que te inmoviliza. ¡Con lo fácil que es llegar a la estación! ¡Pero si ya estás en ella, en el andén! Pero el tren ya ha salido y ves alejarse con angustia el último vagón, con el farolillo rojo, intensamente rojo. Te despierta uno de tus propios ronquidos, un ronquido de sobresalto.
Quedan tres cuartos de hora para la cita en el restaurante. Te sientes ya un poco más aliviado. Un tanto nervioso bajas a la calle. Llueve, por fin, intensamente. Esperas a que pase un taxi, y en la espera la rueda de un coche aplasta un charco y lanza sobre tus pantalones y los zapatos una buena rociada de agua sucia. ¿Serás imbécil? Las desgracias nunca vienen solas, porque, ya se sabe, con la primera se baja la guardia. Los contratiempos se suceden, como en lo de la herradura: por un clavo se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo, por un caballo se perdió un caballero, por un caballero se perdió una batalla y por una batalla se perdió un reino.
Llega por fin el taxi y en el trayecto te dedicas a limpiar los bordes de los pantalones con el pañuelo y con pañuelos de papel los zapatos ¡Qué asco! Vamos a ver si así no se nota. ¿Me habré levantado hoy con el pie izquierdo? El taxista te lanza miradas torvas, de desconfianza, porque te ve agachado, aplicado en labor de limpiar los pantalones. Guardas con precaución en un bolsillo del abrigo los pañuelos de papel, arrugados y oscuros.
Y en ese momento suena el móvil. ¡Pero si es ella! Con voz congestionada te dice que tiene un gripazo y treinta y ocho y medio de fiebre, y que se ha metido en la cama y no está para nadie, y que lo siente. Balbuceando, le das a entender que tú, que bueno que tú… que tú también…, que no, que se mejore, que lo entiendes.
¿Habrá fingido?
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